YAUYOS: MASCOTA SE QUEDÓ AL LADO DE DUEÑOS HASTA EL FINAL

Cuando nos dijimos adiós

Por Gabriel Arriarán
Ese invierno Tati y yo alquilamos una casita en Cerro Azul por la que pagábamos un alquiler de veinte dólares cada uno. Hasta allá nos íbamos los viernes por la tarde. Aquel viernes compraríamos algunas botellas de vino, barras de pan, paltas maduras y queso. Cargaríamos a Patán, nue
stro Volkswagen del 74, de gasolina y manejaríamos por la Panamericana.
Saldríamos hacia el sur por Barranco, luego Chorrillos y, en la Avenida Huaylas, pondríamos una canción de Chacalón: “Mi dolor”. La ciudad desaparecía lentamente a nuestras espaldas y a la izquierda grandes lenguas de arena gris bajaban desde lejanas montañas moradas y azules.
Al frente la carretera larga, interminable, a la derecha el mar: playas vacías y olas que rompían furiosas contra acantilados y lo inundaban todo con olor a algas podridas y sal. Entonces. I am a passenger, and I ride and ride and everything looks good tonight.
El viento entraba húmedo y frío por las ventanillas, al pasar por Chilca. El silencio instalado entre los dos y las almas de cada uno que vagaban perdidas en la inmensidad del desierto; y Tati lloraba porque había puesto “Mon Coeur S´Ouvre a Ta Voix” y porque la voz de María Callas era algo tan maravilloso y su historia era tan pero tan triste. “¿Por qué María, por qué adelgazaste? ¿Cómo era posible el desierto, y la ópera, cómo es posible tanta belleza, Efraín?”
Nuestra casita era un chalet de adobe con una ventana en la sala cubierta por unas cortinas de encaje de medio pelo que daba a la plaza del pueblo. Desde la azotea, entre cables y antenas, podía verse el mar.
La puerta estaba separada de la calle gracias a una terracita de tierra apisonada, techada con esteras. Además de la sala, la casita tenía una cocina y un baño. Y salvo por unas velas, un colchón tirado en el piso enfundado en una sábana bajera, y un par de libros, nuestra habitación estaba vacía.
Ese fin de semana no conversamos mucho, supongo que no era necesario, pero aquella tarde, prepararíamos la casa para devolverla a su dueño.
Arreglamos, por ejemplo, los geranios de la terraza y plantamos un jazmín que luego prendió rápidamente, enredándose con las esteras. Por la noche subimos a Patán y condujimos al malecón.
Allí, sentados mirando al mar, escucharíamos nuestros discos por última vez, comeríamos el pan y el queso, nos beberíamos el vino hasta emborracharnos en la playa desierta y bailaríamos como Mick Jagger, cuando parado frente a setenta mil personas, tararea “Don’t Stop”.
Al día siguiente, a mediodía, preferimos manejar por la carretera hasta Cañete, en vez de cocinar. Nos gustaban esas chicharronerías a acodadas a lo largo de la Panamericana. Eran casas como la que teníamos alquilada, de adobe, pintadas de rojo, verde y amarillo, con una gran paila de aceite hirviendo.
Ordenamos jugo de papaya, café negro y pan con chicharrón. La dueña de la chicharronería era una zamba muy gorda que freía el chicharrón y espantaba moscas con un atadito de ruda. Sus hijas nos prepararon el jugo y los cafés.
A Tati le hicieron gracia las sillas de palo y paja tejida, las mesas con manteles rojos de plástico estampados con florcitas y las paredes decoradas con imágenes de Porky y sus amigos. La salsa criolla nos dejó un aliento espantoso que nos soplamos a la cara mientras la zamba negaba con la cabeza y miraba sonriendo hacia otro lado.
Ese invierno caminaríamos muchísimo por el desierto, enfundados en chompas y casacas que no impedían que la humedad calase hasta los huesos. Pagábamos para vagar el resto de la tarde por los arenales.
Recogíamos fósiles, piedras raras y ramas y raíces retorcidas y secas que el mar varó allí hacía mucho. Por esa época subíamos a las lomas a espiar a las aves migratorias que vienen de la Antártida y a los venados y los zorros que bajan de la sierra. Pero ese sábado de primavera un rayito de sol se coló por entre las nubes al caer la tarde.
Entonces, en vez de caminar por el desierto, corrimos al pueblo para llegar antes de que nos cerrasen el mercado. Ordenamos arroz con mariscos y ceviche a las mujeres de los pescadores que trabajan en la terminal vendiendo comida; justo por donde un largo y antiguo muelle de tablas y pivotes de fierro incrustado con algas y choros se interna unos cien metros en el mar.
Entonces soñaba entonces con empacar mis cosas e instalarme en esta caleta de pescadores de la costa norte, donde hay más sol, y vivir allí de lo que fuera.
Las tardes de domingo solíamos pasarlas sentados en una chingana frente al muelle, comiendo, veíamos organizarse la vida de los pescadores de Cerro Azul.
A Tati y a mí nos gustaba comprar el pescado limpio de vísceras, escamas y espinas, fileteado, porque así podíamos ver a las mujeres trabajando con el cuchillo.
Ese domingo también salió el sol. Caminamos por un muelle repleto de niños paseando con sus padres, de heladeros de D’Onofrio pedaleando cansinos en sus triciclos amarillos por el suelo entablado del desembarcadero.
Otros vendían globos de colores, cometas, manzanas acarameladas y algodones rosados de azúcar. Tati y yo nos quedamos en el muelle hasta que cayó la noche, abrazados, mirando a los últimos tablistas recorrer las largas izquierdas de las olas acompañados de gaviotas y el lomo de algún despistado bufeo.
Cuando todos se habían ido, entrada la noche, hicimos el amor allí, parados, arremetiendo contra las barandas del muelle, tal como las olas vienen y van embravecidas, fundiéndonos con los sonidos acuáticos, los haces de luna reflejados sobre el mar y el olor a pescado podrido. Fue cuando nos dijimos adiós.

38° Festival Internacional del Higo en Chilca - Cañete

CAÑETE RENACE CON LA HUMILDAD DE SU GENTE

HACIA UNA CIUDAD SOSTENIBLE E INCLUSIVA EN CERRO AZUL

PRELATURA DE YAUYOS

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