Edición de Activa Central del Jueves 17 de Agosto del 2017

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Recorrer la jungla: en dos ruedas


Cuatro ciclistas atropellados en 10 días. Lima no parece una ciudad segura para las bicicletas. Domingo recorrió algunas de las vías consideradas más riesgosas por la comunidad ciclista. El problema no es la falta de ciclovías, sino la mentalidad de los conductores.

Escribe: Juana Gallegos.

"Salí volando unos cinco metros, me golpeé tres veces la cabeza en el pavimento, giré como si estuviera dentro de una lavadora. Habré dado unas cinco vueltas".

El web master Pável Quijano, 38 años, partía esa mañana, como todas las mañanas, de su casa en Los Olivos a su trabajo al otro lado de Lima, en Surco.

Iba manejando su montañera por Javier Prado, pegado al lado derecho de la avenida, como dice el reglamento, cuando a la altura del cruce con Rivera Navarrete lo cerró un taxista que paró en seco.

Ni tiempo le dio para reaccionar, la puerta del copiloto se abrió y Pável, que iba a unos 30 kilómetros por hora, se estampó contra la lata y salió volando como un muñeco.

Por suerte, y porque llevaba casco, resultó ileso.

Hoy, tres años después, está en el mismo lugar del accidente, montado en su montañera.

"La situación no ha cambiado en la Javier Prado", dice mirando la avenida, "la gente sigue parándose en la pista, los conductores esperan la luz verde para pisar el acelerador, los taxistas siguen parando en seco en donde sea".

Varios ciclistas coinciden en lo peligroso que es cruzar esta arteria y no necesariamente porque sea una vía rápida.

"Los riesgos que se corren  en las pistas de Lima se deben en gran medida a la agresividad de los conductores, a una especie de violencia vial que es común en toda Latinoamérica", dice el ciclista y Ph. D. en Urbanismo Ricardo Montezuma, un colombiano que visitó la capital esta semana para saber cómo es viajar sobre dos ruedas en una ciudad que vive bajo la dictadura de los motorizados.

Es una dictadura porque,  según la Municipalidad Metropolitana de Lima, menos del 1% de limeños se desplaza en bici. La mayoría lo hace en buses, custers, combis y autos. Hace dos años había más de 1.5 millones de estos vehículos circulando en Lima, según el Ministerio de Transportes.  Ahora deben de ser más.

Bajo esta cifra aplastante, los ciclistas parecen ser una minoría.Sin embargo, la Encuesta Nacional de Hogares del 2013 reveló que casi un tercio de las familias limeñas tiene una bicicleta en casa. No las usan como medio de transporte, entre otras razones, por miedo. "La ciudad no está diseñada de una forma segura para movilizarse", indica el estudio.

Y no lo está.

Pero la falta de ciclovías no es el único problema.

Rutas infernales
Luego de su accidente en la Javier Prado, Pável dejó de ir al trabajo en bicicleta, pero después de un tiempo el susto se convirtió en indignación y fue entonces que formó su comunidad "Respeto al ciclista Perú".

"Pedimos al conductor que respete la distancia del metro y medio", dice mientras maneja su montañera aro 29 en la avenida Caquetá, en San Martín de Porres. Tras él va Luigi Acosta, quien en este momento hace malabares para pasar con su bicicleta por un reducido espacio entre los buses y la vereda.

Hemos venido a esta vía porque, según el sondeo que hicimos en media docena de colectivos de ciclistas de Lima, Caquetá es otra de las avenidas peligrosas para ir en bicicleta.

El fundador del "Círculo Ciclista Protector de las Huacas" Nils Castro, por ejemplo, sigue esta ruta desde Los Olivos para entrar al centro de Lima.

El principal obstáculo que Nils enfrenta todos los días, además del desorden y de la basura, es la mala actitud de los conductores: "Se creen los dueños de la pista", dice. "Los ciclistas somos para ellos un estorbo, por eso te tocan el claxon y te meten el carro".

Pável aconseja pasar rápidamente los cruces para evitar encontrarse con un conductor imprudente que te "meta" el carro. Y eso hacemos.

Aunque los vehículos avanzan a baja velocidad debido al embotellamiento que se produce a toda hora en Caquetá, un ciclista podría quedar atrapado fácilmente entre dos vehículos que se disputan unos centrímetros de pista.

"Se pegan tanto que podrían lesionarte o tú podrías rayarlos por accidente y te ganarías un problemón", dice Luigi mientras esperamos la luz roja cerca del puente que cruza la Panamericana Norte.

Luigi, de 24 años, trabaja como operador de luces en un teatro en Jesús María. Cinco noches a la semana se moviliza en bicicleta desde su casa en San Martín de Porres.

Llevando siempre su casco y vistiendo lo que ha convertido en su look habitual –un jersey, una pantaloneta, una casaca cortaviento o un buzo–, sale al Óvalo Naranjal y toma desde allí la ciclovía de la Avenida Universitaria, de 13 kilómetros, la más larga de la capital.

Luigi es del tipo de ciclista acostumbrado desde muy joven a hacer rutas largas. Una vez se fue solo hasta Nuevo Imperial, Cañete. Pedaleó por seis horas y media parando solo para beber algún energizante: "Aunque no lo creas, fuera de Lima no hay tanto peligro. Hay más probabilidades de que te pase un accidente dentro de la ciudad", dice.

El semáforo cambia a verde. Nos dirigimos hacia la Plaza Unión. Aquí sí hay velocidad y mucha, muchísima angustia.

Atentos: "Por la izquierda tienes que ver al carro que viene por detrás y que no te cederá el paso. Al frente, ¡cuidado que se cruce algún peatón! A la derecha, ¡alerta por si es que te encuentras con un triciclero!", da indicaciones Pável.

"Los óvalos son los puntos más caóticos. Los conductores son muy agresivos, van muy rápido y siempre quieren ganar", dice el colombiano Ricardo Montezuma, quien a la misma hora en que Pável y Luigi recorrían el centro de la ciudad, trataba de no perder la tranquilidad al Este, en las avenidas Angamos y Canadá.

 "Manejar bicicleta en Lima es tan de locos como hacerlo en El Cairo o en Bombay", dice  Montezuma, que ha recorrido varias ciudades del mundo y  ha sido asesor en temas de Movilidad y Sostenibilidad del ex alcalde de Bogotá Antanas Mockus. "Es cierto que en Colombia hay más ciclistas pero también hay más muertes. Muere uno por semana", continúa el colombiano.

La semana que pasó, Lima perdió a dos.

Bajas fatales
Los días negros empezaron el 9 de agosto en una curva de la bajada a la playa La Herradura en Chorrillos. Un conductor ebrio que iba a excesiva velocidad atropelló a dos ciclistas. Uno de ellos resultó ileso de milagro. El otro, Christian Stockholm, se llevó la peor parte. Los testigos dicen que el impacto fue tan fuerte que su casco quedó incrustrado en el parabrisas de la camioneta.  Stockholm fue internado en  cuidados intensivos.

Seis días después, el ciclista  Gustavo López Mejía fue arrollado por una camioneta en la Costa Verde, cerca de la playa Makaha, donde un grupo de ciclistas protestaban por el atropello de La Herradura.

La comunidad aún no se recuperaba de esta pérdida cuando, el martes 18, el pintor Martín Lozano, quien iba en bicicleta a recoger a sus hijos, fue arrollado en la cuadra 3 de la Avenida Pachacútec, en San Juan de Miraflores. Una cúster lo embistió por detrás, lo descarriló y pasó sobre él.

Nadie lleva la cuenta de los ciclistas atropellados en el país. Los casos se pierden entre los miles de accidentes de tránsito que anualmente se reportan. El 2014 fueron 50,435. Ese año murieron atropelladas 360 personas.
La noche del último miércoles, más de 200 ciclistas manejaron hasta el lugar donde Lozano fue arrollado y dejaron una bicicleta blanca en homenaje del compañero caído.


Pável ya conocía el lugar: "Fui para enterarme. Fue muy impactante. La sangre aún estaba en la pista y los carros pasaban por encima. Nadie puso ni una vela. Pude haber sido yo", dice, recordando su accidente en la Javier Prado. A él su casco lo salvó. Martín Lozano no tuvo esa suerte.
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