El bello puerto del sur
limeño es un lugar ideal para aprovechar las vacaciones escolares y los
feriados de Fiestas Patrias y conectarse con los vecinos destinos de Lunahuaná
y Nor Yauyos-Cochas.
Redacción : La
República - 17 Jul. 2019 | 04:36h
Por: Roberto Ochoa
Ver la chalana con la
imagen de San Pedro internándose en el mar tiene una connotación especial en
Cerro Azul: nos hace regresar a esa antiquísima tradición pesquera que se
remonta a siglos antes del esplendor incaico.
Me refiero a los
huarcos, cuyos restos arqueológicos se alzan imponentes en el morro vecino a
este puerto ubicado al sur de Lima, más precisamente a la altura del kilómetro
130 de la Panamericana Sur, en la provincia de Cañete.
Desde el muelle o desde
la plaza de Cerro Azul, el morro luce como un enorme bloque de piedra con unas
extrañas terrazas gastadas por el tiempo que se alzan casi hasta la cima del
cerro vecino. Al llegar, los visitantes se sorprenden con las imponentes
construcciones de adobe, la enorme plaza y varias grandes pirámides situadas
casi a orillas del mar y que parecen borradas por un antiguo tsunami.
Al subir al morro
comprobamos la presencia inca por unos finos adobes que emergen casi en la
cima, además, al subir hasta el antiguo faro comprobamos, no sin asombro, que
debajo de nuestros pies, sobre el abismo, aún se puede distinguir un balcón
elaborado con bloques de piedra tallada al mejor estilo inca clásico.
Ahora sabemos que los
huarcos y los incas tuvieron a Cerro Azul como un epicentro comercial, pesquero
y cultural ubicado precisamente en los límites de las culturas Ishma (Lima) y
Chincha (Ica). También se sabe que su bella construcción de piedra fue
defendida por colonos y virreyes, sin embargo, sus finas piedras incas
terminaron convertidas en los escalones de la Catedral de Lima, de la iglesia
de San Luis, en Cañete, y para la construcción de antiguas casonas en el
puerto.
Por suerte, este
yacimiento arqueológico forma parte ahora del Proyecto Integral Huarco del
Qhapaq Ñan, dirigido por Nina Castillo Sánchez, con la participación de un
equipo joven y voluntarioso de arqueólogos integrado por Rodrigo Areche
Espinola, Samy Irazabal Valencia y Bryan Nuñez Aparcana. Ellos no solo han
realizado valiosos hallazgos, también han sabido integrar a la población local
y convencer a los visitantes de la necesidad de cuidar e investigar a los
antiguos huarcos.
El dato
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