9 de enero de 1989: la madrugada en que
Huantán se negó a rendirse
La madrugada del 9 de enero de 1989,
Huantán dormía envuelto en el silencio habitual de la sierra limeña. Nada
anunciaba que, poco después de las cinco de la mañana, ese silencio sería
quebrado para siempre.
Golpes violentos sacudieron las puertas
de las casas de las principales autoridades del distrito, en la provincia de
Yauyos. Encapuchados y armados, los terroristas irrumpieron con brutalidad,
arrancando de sus camas a quienes habían sido elegidos por su pueblo para
servirlo.
Cinco hombres fueron sacados a la
fuerza, empujados con los cañones de los fusiles marcando sus costillas:
- Ricardo Huamanlazo Sánchez, gobernador, ex juez de paz y dirigente aprista.
- Optaciano Tacsa Barrios, teniente gobernador.
- Edilberto Tarmeño Santos, presidente de la Comunidad Campesina.
- Isaú Sánchez Zurichaqui, juez de paz.
- Simón A. Vilca Chaupín, tesorero de la Comunidad Campesina de Huantán.
No eran solo autoridades. Eran padres,
abuelos, líderes naturales. Huantán, pueblo trabajador, conocido por sus quesos
y su espíritu firme, nunca aceptó el terrorismo ni su violencia. Por esa
dignidad fue castigado.
Los terroristas obligaron a repicar las
campanas de la iglesia. Ese sonido que antes convocaba a fiestas y faenas
comunales se convirtió, esa madrugada, en una orden bajo amenaza de muerte.
La población salió temblorosa a la
plaza. En medio de la penumbra del amanecer, los cinco hombres fueron
alineados. Al más joven le vendaron los ojos; los demás se negaron. Ninguno
pidió clemencia. Ninguno renunció a lo que era.
Cuando exigieron a Ricardo Huamanlazo
que renunciara a su partido y a sus convicciones, respondió con voz firme:
— Yo no renuncio a mi partido… y si
valientemente quieres matarme, ¡mátame!
El disparo fue seco. Luego los otros. Y
uno más cuando Edilberto Tarmeño intentó incorporarse.
Los cerros Yanaca y Huancuro devolvieron
el eco de los disparos. La plaza se tiñó de rojo. Un riachuelo de sangre corrió
entre las piedras, como si la tierra misma se negara a aceptar el sacrilegio.
Tras la masacre, los terroristas
amenazaron con matar a quien se acercara. El miedo paralizó al pueblo. Durante
todo el día, los cuerpos permanecieron en la plaza.
Recién al caer la tarde, dos paisanos
acompañaron a la viuda de Ricardo Huamanlazo. Los cuatro primeros fueron
enterrados sin misa, sin flores. Don Ricardo fue sepultado en la tumba de su
madre, en el mismo cajón.
No hubo ceremonias. Solo dignidad.
Huantán no olvida. No por venganza, sino
porque recordar es un acto de justicia.
Cinco hombres cayeron de pie.
Cinco nombres quedaron escritos no en
mármol, sino en la conciencia del pueblo.
Porque el miedo mata una vez.
La memoria vence para siempre.
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